jul 22 2010

Todos venimos del Sol

Cuando Flavio tenía cinco años de edad, o quizás seis, me dijo:

Muchos chicos como yo van a nacer, yo soy sólo uno de los primeros

Y por qué vienen?, pregunté

Porque van a producirse grandes cambios en la Tierra y ustedes se van a asustar mucho. Venimos a decirles que no tengan miedo. Que no tienen que tener miedo. Venimos para que todo salga bien.

Dirigirme a ustedes en esta ocasión, me enfrenta con una situación extremadamente delicada. No puedo dejar de preguntarme: ¿Me estaré dejando llevar por un entusiasmo afectivo? ¿Estoy viendo sólo lo que quiero ver? ¿Cayendo en una ilusión colectiva? ¿O realmente estamos en siendo testigos de una mutación en la especie humana, la revelación de una nueva dimensión en nosotros?

De hecho, que Flavio exista y se manifieste, nos abre un interrogante ineludible: ¿Quiénes somos realmente los humanos?

¿Qué diremos cuando un niño, que es sólo uno de los primeros de los muchos que vendrán, nos dice con toda naturalidad que no somos lo que creemos ser, que pertenecemos al Cielo …, al Sol? ¿O cuando nos dice que ese es nuestro origen y este mundo, estos cuerpos y todas nuestras construcciones, Para poder escucharlo es ineludible que nos preguntemos: ¿A quién pertenecemos? ¿A la cultura? ¿A la sociedad humana que trata de imponer sobre cada ser que nace sus limitadas creencias acerca de nosotros mismos? ¿A esa sociedad que trata de persuadir a sus hijos de no indagar más allá y continuar dócilmente lo que aquellos que nacieron antes se han reducido a ser?

¿O escuchamos a esta voz que nos dice que pertenecemos a la vida, a un movimiento creativo inagotable y misterioso que abre caminos siempre nuevos y nos lanza a lo desconocido?
En nuestra ignorancia nos hemos repetido que somos nada más que animales racionales, separados por abismos el uno del otro. Solos. En un universo desconocido que intentamos confusamente dominar.

Cuando alguien de nosotros intenta explorar más allá, descubrir capas más profundas de nuestra identidad, toda la cultura grita hasta acallar esa voz.

Y cuando no lo logra, porque esa voz es inusualmente potente, intenta algo distinto: afirmar que aquel que habla de la inmensidad es un ser excepcional, prodigioso. Alguien que deberá ser escuchado. Pero que es, básicamente, extraño, anormal. Alguien que no habla de nosotros sino de seres superiores.

Durante todos estos años he observado a Flavio con mucho afecto, con toda naturalidad, sin pensar ni un solo momento en que él fuera un ser prodigioso o un niño superdotado, sino alguien que encarna el proceso normal del ser humano cuando nada lo interfiere.

Si lo vemos así es muy fácil distinguir en él dos aspectos diferentes. Una energía, un corazón, una mente, que no están en el tiempo, que no tienen edad. Su mente no está contaminada por las creencias de los hombres, por eso no parece tener límites. No digo que está más desarrollada, digo que esa dimensión está libre de pasado. Su corazón no está empañado por los sentimientos que habitualmente vemos acumulando en nuestra historia de soledad, miedo y anhelos confusos.

Él vive en esa dimensión atemporal, pero también es este niño que tiene cuerpo de niño, juega, siente y piensa como cualquier otro niño. Es absolutamente infantil también. En él, los dos aspectos se han integrado totalmente en una unidad plena.

Lo maravilloso fue observar cómo la Dimensión Infinita fue penetrando en su vida, haciéndose cuerpo, encontrándose con la materia. O cómo su cuerpo fue recibiendo a esa energía. Primero le resultó difícil, hasta desagradable. “La Tierra es densa y pesada”, decía. “Me es muy difícil entrar. El cuerpo es pesado, limitado. Me ahoga.”
Poco a poco, la Dimensión Infinita aprendió a coordinarse con lo denso. La materia de su cuerpo pareció entregarse y hacerse más sólida. Y no enfermarse.

El encuentro se produjo. Y se profundizó.

Yo jamás había asistido a semejante acto de amor, a un encuentro tan claro entre aquello que viene del Cielo y lo que da la Tierra. El verdadero amor del cual todos los demás amores son sólo símbolos.
Y me di cuenta que yo también era eso. Que en mi niñez eso también había sido intentado y no pudo consumarse. Ese encuentro de amor se había detenido. Como en dos amantes que se exploran y retroceden asustados ante la intensidad de un amor que no saben hasta dónde puede llevarlos. El amor se había detenido en mí. Y me di cuenta que simplemente eso ha pasado con todos nosotros. Con cada uno.

El encuentro del Cielo y la Tierra, su amor, no se ha consumado aún en nosotros. Aún somos eso, todos nosotros: Un acto de amor que no ha madurado.

Verlo a Flavio me permite decir que esto sucederá, inexorablemente. En cada uno de nosotros. Tarde o temprano. Porque esa es la naturaleza humana.

Él es un acto de amor, pleno, profundo, consumado.

Será entusiasmante ver cómo ese amor se manifestará a medida que su cuerpo crezca. Entonces, Flavio eso eso. Ningún prodigio. Sólo una flor de la humanidad. La humanidad ha florecido en él, exhala su perfume. Exhalar ese perfume es nuestro destino.

¿Cómo vamos a escuchar a este niño ahora? ¿Cómo leeremos su libro después? ¿Con qué actitud? Esto es lo que importa.

Me permito decir: no lo convirtamos en un objeto. En el objeto de análisis de nuestra mente si somos científicos o esotéricos. Puedo imaginarme las teorías, hipótesis y mediciones que muchos querrán hacer con él.

No lo convirtamos tampoco en un objeto de consumo. De consumo de nuestras emociones voraces, capaces de degradarlo ante la excitación de la novedad. No seamos frívolos por una vez.
Esto es algo profundo. Inmensamente serio, que exige de toda nuestra madurez. Dejémoslo lo entrar sin excitarnos, dejémoslo entrar naturalmente. Su libro puede ser una revelación, una autorrevelación para cada uno de nosotros. Nosotros somos Flavio. Nosotros venimos del Sol.

El árbol de la humanidad está floreciendo. Hemos dado unas pocas flores a lo largo de los siglos. Aparecieron tan espaciadas una de otra que no las hemos reconocido como nuestras. Quizá este sea un momento especial. Quizás el árbol. Entero florecerá con estos niños y con todos aquellos que recuerden su naturaleza esencial. Quizás en esta primavera de la humanidad, nosotros tan sólo seamos pimpollos cerrados, o grandes o pequeñas hojas verdes llenas de sol: o formemos parte de la dura corteza o de las raíces profundas hundidas en la tierra. No importa. Cada cual tiene su lugar. Pero podemos ser conscientes de que todos somos parte de un árbol en flor. Somos células de una aventura maravillosa. El resultado del amor entre el Cielo y la Tierra que se consuma en nosotros.

En última instancia, más allá de todas las palabras, Flavio es un espejo de nuestra alma, y cada un percibirá en él la dimensión más profunda que alcance a ver de sí mismo.

Eugenio Carutti, Diciembre 1991


jul 17 2010

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Marcos y Flavio Cabobianco